Fomentar El Instinto

La Etología ha ofrecido, en sus inicios, una visión de la conducta animal basada en lo innato o instintivo, subrayando el importante papel de la herencia.
Por otro lado, un enfoque de la Psicología desarrollado en el siglo XX, el conductismo, en su aspecto más radical, declara que no hay nada innato en la conducta, todo es adquirido.
Evidentemente, ninguno de estos enfoques ha dado una respuesta totalmente satisfactoria en el análisis de la conducta animal.
La evolución científica nos presenta en la actualidad, lo complejo de la conducta y la interacción de lo innato o heredado y lo aprendido.
De hecho podemos comprender que existe una relación práctica entre estos factores de la conducta. Tanto es así, que los animales tienen una clara tendencia a aprender conductas que están en su repertorio instintivo.
Es más fácil enseñar al perro a coger un muñeco de peluche que le excita el instinto de presa, a que lo haga con unas tenazas de hierro que es algo extraño y ajeno al instinto.
Por ejemplo, si el adiestrador tiene que enseñar a un perro el salto de obstáculos a la orden, encontrará varias posibilidades de iniciarlo, pero sabemos que es más fácil si este aprendizaje lo apoyamos en un determinado instinto.
Si tenemos un perro con un elevado instinto gregario, lo que desencadena una alta motivación de apego hacia su líder, el adiestrador podrá pasar al otro lado del salto y el perro tendrá que superar adecuadamente el obstáculo para seguirlo y conseguir situarse junto al alfa, recuperando su equilibrio biológico interno.
En el modelo psicohidráulico de explicación de la conducta, Konrad Lorenz, padre de la Etología, explica que al aumentar la motivación se produce una acumulación de energía específica que tiende a liberarse en forma de conducta.
Esto es, si por ejemplo aumentamos la sed (motivación), se produce un acúmulo de energía dirigida a satisfacerla (específica) que se manifiesta en la conducta de beber agua.
Pero no podemos caer en la simplicidad de intentar comprender las respuestas caninas en términos puramente instintivos. La capacidad de procesar información por parte del perro es lo suficientemente importante como para que sus procesos cognitivos tengan un peso notorio en la elaboración de su conducta.
Cuando encontramos un cachorro que no tiene interés en perseguir la pelota al lanzársela podemos pensar que tiene poco instinto de caza, pues bien, si el instinto es heredado;
¿Cómo podemos decir que le vamos a fomentar el instinto de caza?
Puede ser que en el proceso de estimulación entren en juego otros factores y motivaciones -no claramente biológicos como la curiosidad, exploración, contacto o apego por enumerar algunas- en lugar de "fomento del instinto".
Existen numerosas motivaciones que no pertenecen estrictamente al equilibrio biológico y que tienen que explicarse en el orden cognitivo y del procesamiento de la información.
Como antes refería, es necesario un buen nivel instintivo para favorecer el aprendizaje. Pero no se puede despreciar la utilidad o capacidad de aprender de ciertos individuos que con un desarrollo integral y adecuado darán exitosas conductas adaptadas a los requerimientos exigidos.
Observemos al perro que tiene que aprender a coger objetos. Tenemos varias posibilidades:
Por un lado podemos adaptar un buen instinto de caza con pautas de portar claramente manifiestas.
Por otro se puede reforzar positivamente la acción de coger los objetos, incluso cuando el interés innato por esta actividad sea muy bajo.
También por el refuerzo negativo, lo que los adiestradores llamamos "forzar" y para evitar un estímulo aversivo, el perro aprenderá a coger según lo planificado.
Pero si nos detenemos en el refuerzo positivo, premio o estímulo consecuencia de la conducta, observaremos que para que el perro adquiera el aprendizaje del mencionado ejercicio, disponemos de un amplio abanico de posibilidades.
Premio puede ser la comida, la caricia, el juego; en definitiva, lo que puede ocurrir es que el perro desarrolle una conducta típica de pautas relacionadas con el instinto depredador, en función de estímulos relacionados con el instinto gregario o de otro orden.
¿Cómo aprende un perro a abrir una puerta apoyándose en el picaporte? ¿Y si además aprende a girar la llave con toda precisión?
La respuesta es evidente y no solo se apoya en conclusiones instintivas, más bien es una compleja estructuración de factores innatos, aprendidos y de orden cognitivo que el adiestrador debe tener en cuenta, aunque solo sea con una mente abierta.
La estrechez mental y la ignorancia han llevado, a determinados profesionales, entre otras torpezas, a mantener encerrados a los perros eliminando hasta los estímulos visuales, en la creencia de que así no se desgasta el instinto para el momento del trabajo.
Actualmente estas teorías están superadas y en lo referente al aprendizaje del perro, desarrollar trabajos de utilidad de alto nivel consiste en comprender su naturaleza integrada dentro del esquema ambiental donde se desenvuelve.
Para satisfacer su estabilidad psíquica como para que su utilidad sea exitosa, tiene que ser entendido en su verdadera condición de especie con niveles instintivos interrelacionados con una alta capacidad de aprendizaje y en el marco de una inteligencia apreciable.

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