
La
extinción del perro polar argentino
por Sergio Grodsinsky
El Protocolo al Tratado Antártico Sobre Protección del Medio Ambiente
(Madrid, 1991), dispuso el retiro de los perros de trineo del territorio antártico
a partir de abril de 1994. La medida afectó particularmente al denominado
perro polar argentino y ese exilio se convertiría en el crepúsculo de tan
virtuosa raza.
Los hijos de Colmillo Blanco
Mestizos no reconocidos por la Federación Cinológica o la segunda raza
argentina, en la conformación del perro polar argentino intervinieron genes
de siberian husky, alaskan malamute, groenlandés, spitz manchuriano, y el
azar irreproducible. Estricta selecciones que demandaron 31 años, y mucho
amor de suboficiales enfermeros veterinarios del ejército, como Héctor Martín
o Félix Daza Rodríguez, valgan dos apellidos por más de treinta anónimos.
Jack London (escritor norteamericano 1876-1916) hubiese denominado puros y
oriundos a perros que durante 43 años pertenecieron a un sitio.
Características
Propios por derecho propio, las características redundan propiedad: peso
hasta 60 kilos los machos y 52 las hembras; triple manto cobertor (lana
arriba, pelo y sobrepelo abajo); 2 cm de grasa termoprotectora; capacidad de
tiro de trineo que duplica al de las razas matrices, formidable resistencia y
velocidad (un tándem de 11 perros, arrastrando cargas de hasta 1.100 kilos,
iba a 50 km por hora y 80 km horarios en pendientes de hasta 45º, durante 6
horas ininterrumpidas de marcha). Soportaban temperaturas de 70º bajo cero
(en una oportunidad, cerca de la base rusa de Vostok, aguantarían ¡89,3º
bajo cero!; su alimento consistía en una ración diaria (más barato que el
gasoil de los tractores sustitutos; además del ahorro en antirefrigerantes);
no bebían agua, pues comían hielo.
Un perro excepcional
Estos perros detectaban las grietas ocultas por la nieve –evitando
accidentes comunes- valga la mención de “Poncho”,– instruido por el
teniente Oscar Sosa -; un perro considerado héroe en Argentina cuya leyenda
se perpetúa en la ciudad de Usuahia con su cuerpo embalsamado por el
sacerdote Juan Ticó (ver foto).
Invalorables para los hombres, intuían las tormentas y no perdían la
orientación al producirse éstas, pudiendo continuar la marcha, y ubicar
–buscándolos- a hombres extraviados, rescatándolos. Además de atravesar
suelos en donde los vehículos a orugas se hundirían irremediablemente, como
el ejemplo de “Poncho” que guío el rescate de los sobrevivientes de un
avión de exploración precipitado a tierra.
También, en casos de extrema necesidad servirían de alimento humano (en las
primeras expediciones al Polo Sur fue necesario su empleo). Si bien esto no
resulta agradable a la concepción humanitaria actual, no se puede desconocer
su utilidad, carente en los tractores con que reemplazan al perro de trineo.
Al margen que ningún motor proporciona afecto, abrigo y compañía.
La extinción
De hecho, el retiro de los canes del continente antártico equivalió al
sacrificio –pues al no poseer anticuerpos para eludir las enfermedades
continentales- en una primera tanda de 30 perros trasladados a Tierra del
Fuego sobrevivieron sólo dos y sin posibilidad de descendencia, porque ambos
eran machos.
El resto de los 26 perros remanentes fueron también trasladados al
continente, muriendo muchos y otros se diseminaron en las provincias del sur,
perdiéndose de esa manera la posibilidad de conservar las características
originales que constituían –aunque no reconocida oficialmente- a esta
excepcional raza.
La polémica decisión de prohibir los perros en la Antártida –fundamentada
en conceptos erróneos y pseudocientíficos- ( ver articulo: La expulsion del
perro polar del territorio austral) consiguió doblegar la
resistencia de ejemplares que toleraron, paradójicamente, un hábitat hostil,
inclemencias extremas y difíciles misiones.
AUTOR
Sergio Grodsinsky
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